arte-y-cultura

Los venados de Borges

Arte y Cultura

Los venados de Borges Por: Oscar Luviano / / @0scarLuviano Los venados de Borges Por: Oscar Luviano / / @0scarLuviano …Continue Reading

Los venados de Borges

Por: Oscar Luviano / / @0scarLuviano

Nos hemos enterado (argucias de laboratorio) que los huesos de nuestros próceres no son tales.En las urnas de Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y Morelos descansaban huesos de venado. Esto quiere decir una de —al menos— dos cosas: a) Que los Insurgentes tenían además de un valor a toda prueba, un sentido del humor envidiable o b)Que, en realidad, le debemos la Patria a un rumiante lejanamente emparentado con Bambi.

Los redactores de la prensa mexicana no tardaron en incluir dentro de sus notas al respecto aquello de que, al fin y al cabo, “México es un país kafkiano”errando, como suele hacerse cuando se invoca al lugar común, por largo margen, y dejando pasar lo que realmente importa en esta falsificación histórica: el hecho de que un venado hubiese encabezado la lucha independentista o se hubiera abrogado sus méritos nos pondría en el mapa como un país borgiano. Al fin.

En su “El libro de los seres imaginarios”, Jorge Luis Borges define a los venados celestes como contradictorias criaturas que viven en “en minas subterráneas” y se afanan en encontrar la luz del día. No dudan en “torturar a mineros en su búsqueda para alcanzar la superficie, donde se convierten en una forma líquida mortal”.Se trata, si me permiten decirlo, de un tipo de venado que bien podría habernos liberado del yugo español.

Hacer pasar los restos de un venado (celeste o nativo) por los de un guerrero es, en el fondo, la misma propuesta que yace en el fondo de “La biblioteca circular” o “El libro de arena”: sustituir la banal lógica de la realidad por la verdad del mito para devolverle su dignidad al mundo. La literatura como un virus benévolo.

Quien esto escribe no duda que esta noticia habría sido vista por Borges como la osada estrategia de elevar el mito a su forma tangible, vulgar y, por ende, verdadera. Estos huesos nos dicen o que el hombre es el venado, o que el venado es el héroe, o que el venado murió para usurpar los honores que los hombres futuros habrían de dispensar al héroe. Todas conjeturas que habrían hecho sonreír con franqueza a ese “poeta menor” —según injusta apreciación propia— pero incansable; al ensayista perplejo que dio paso al mayor cuentista de nuestra lengua (con la misma sonrisa que, creo, lució Borges en esa entrevista que Elena Poniatowska jamás realizó y que tuvo su punto más alto en la recitación del poema más famoso de Borges, que el más celebre No-Nobel nunca escribió).

La mecánica de Borges

Tarde pero oportunamente, en su estudio de Palermo Viejo, Borges descubrió su incapacidad para la novela en concreto y para la narración en general. Su estrategia para resolver el bloqueo significó, al mismo tiempo, un salto cuántico que aún no rebasamos y un regreso al origen de la literatura en castellano: si Cervantes reconoció que su Quijote era la traducción de las crónicas de un moro inexistente, Borges también dio un paso atrás, y se dio a a tarea de contar sus sueños y precisos delirios como si los hubiese leído en los tomos de una biblioteca que no existió nunca. Ahí donde el mundo había fallado, Borges llenó sus huecos con literatura.

La obra de Borges es una de las peor leídas en la historia de nuestra literatura. Ejemplo de ello son los exitosos afanes de sus peores imitadores (entre los que merecen especial atención el español Fernández Mallo y los peores pasajes de “En busca de Klingsor” de Jorge Volpi), y la falta de reconocimiento de su más valioso seguidor en nuestro país (Alberto Chimal) y de su versión más dignamente pop (José Luis Zárate).

Con esto quiero decir que la obra del porteño se suele reducir a la suma que los escritores de cuarta de forros llaman “estilo borgiano”: erudición, culteranismo, arcaísmos, cierto descarado gusto por el péplum y la cita que no conoce entrecomillado; cuando en realidad la tarea de Borges fue la de instruirnos en las estrategias para devolver al mito a la estatura de realidad.

“Está pariendo una venada”

En ese sentido Borges está muy lejos de Umberto Eco (quien le convirtió en un bibliotecario ciego, hágame usted el pinche favor) y muy cerca de Alfredo López Austin: el historiador mexicano que en su “El conejo en la cara de La Luna” señala como una de las condiciones necesarias para abandonar el tercermundismo que recuperemos la dimensión mitológica de nuestra sociedades: remitificar es volver al origen, al punto donde invento y descubrimiento son lo mismo, en donde la historia deja de ser efeméride para justificar gastos absurdos y se convierte en teodicea.

En ese mismo volumen López Austin señala que en ciertas regiones del país, ante el prodigio de una lluvia a pleno sol se dice que “está pariendo una venada”. Como la bestia solar que siempre ha sido para nuestros indígenas, el venado puede modificar el clima.

Lo borgiano es Borges sin Borges

¿Entonces qué es lo borgiano? Borges, como López Austin, creía en el poder del mito, y ante la carencia de una mitología moderna (en una era donde la técnica nos permite ver más lejos, pero no descubrir el milagro) se dio a la tarea de crear una nueva. Como hizo Tolkien en inglés (y en ciertos momentos al mismo tiempo que él). Sus materiales: toda la literatura. Su intención: que el mito ocupase el lugar del mundo.

En lugar de la imagen vía satélite, el Aleph.

Por ello eligió el cuento, pero un cuento como un virus: una criatura a medio camino entre el ensayo y la narrativa, pero pesado en su andamiaje de lenguaje e intertextualidad. Su lectura tiene el efecto de la invasión celular de un virus: el cuento se despoja de su peso (de erudición, de citas, de arcaísmos) y entra en el lector, y dentro de él se expande y deforma al mundo. De esa manera en que “El zahir”, una pequeña moneda, se multiplica hasta llenar el Universo y lo sustituye. De ese modo en que todos terminamos por poseer un boleto de “La Lotería en Babilonia”: al cerrar el libro, Borges nos hace creer que cabe la posibilidad de que mañana despertaremos en otra vida.

De esa misma manera, ahora es posible que en unos días, de pronto, en el centro del mural de Diego Rivera en Palacio Nacional aparezca, en lugar de Hidalgo, un venado de contornos como derretidos, con las astas ardientes, y nos devuelva una mirada cargada de historia.

Lo borgiano:¿una causa perdida?

Seguramente los lectores de quien esto escribe pensarán que esta intepretación de la obra de Borges, además de mamona, es inútil, pero permítaseme la falta de humildad que no tuvo Borges (o que él se esmeró en hacernos creer que no tenía a través de una prosa que tiene el bendito efecto de hacer sentirse al lector más inteligente que el autor): se equivocan. Vivimos en un mundo más borgiano de lo que se cree. Y me permito algunas breves evidencias:

1. Hay un cuento de Borges en que un maestro armero alaba la maestría del cuchillo que le hunden en el pecho. Compárese este cuento con el siguiente breve fragmento de la tercera temporada de The Wire. También contrástese esta fascinación por el instrumento mortífero en “El Sur” o “El hombre en el umbral”. O limítese a ver el vídeo mientras se recita “El Puñal” o se canta “La Milonga del Puñal”.

2. Hace unos meses, con motivo de la visita de María Kodama al DF, se devolvió la primera edición entera de volumen acerca de la relación de “Borges en México: Crónica Visual y Literaria”. La razón: la inclusión de una entrevista realizada en los años setenta en la que Elena Poniatowska citaba al poeta supuestos versos de su autoría: “Instantes”. El poema no lo escribió Borges. Este episodio fue inventado por la autora de La noche de Tlatelolco. Un texto que no fue escrito destruyó un producto.

Ese poema, por otra parte, asoma de tanto en tanto desde antes de la Segunda Guerra Mundial, para dejarse adjudicar a diferentes autores: con la irrupción de Internet no falta quien lo adjucara en su SPAM a Gabriel García Márquez.

3. Quien esto escribe vivió durante algunos años en un pueblo de la Pampa Húmeda, a medio camino entre Buenos Aires y Rosario, llamado “Venado Tuerto”. La razón de su nombre es la leyenda acerca de un venadito que, herido y tuerto por los malones indígenas, avisaba a los colonos de los ataques, asegurando la victoria de los inmigrantes.

En honor del venado insurgente, el pueblo recibió su nombre. No sé si se conservan sus huesos en alguna urna , pero en la plaza central en el sitio que en otras se reserva a Belgrano o San Martín (a unos pasos del Centro Cultural Jorge Luis Borges) hay una estatua en bronce del venadito. Tiene una equis en lugar el ojo derecho. El vigilante se esmera en que los niños no lo monten.

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

Sign up for our email newsletters


X