» Notas

¿El libro ha muerto, viva el Kindle?
La eterna crisis del libro, crisis que si eterna no es crisis.
Christopher Domínguez Michael.
Gil del Valle // @gilinhocorp
Negros nubarrones se posan sobre la industria editorial. El crecimiento exponencial del libro electrónico pone en estado de alerta a editores, diseñadores, libreros y demás miembros de la producción y distribución del libro en papel.
Sin embargo, el invento de Gutenberg ha padecido numerosas crisis de las que no sólo ha salido avante, sino fortalecido. Más allá de eso, la pregunta que alimenta este texto es: ¿Qué opinan los autores sobre los lectores electrónicos?
Quizá la primer gran crisis libresca fue a finales del siglo xix, cuando toda una corriente de escritores anunciaba la muerte del libro que, habiendo caído en manos de todos, había perdido su alma. El francés Anatole France, premio Nobel de Literatura, escribió en medio de esta “crisis”: “El libro es el opio de Occidente. Llegará un día en que todos seremos bibliotecarios, y todo habrá concluido” (Anatole France, La vie littéraire, i).
El distinguido bibliófilo, escritor, editor y periodista, Octave Uzanne proclamaba en 1892 que tarde o temprano el libro tendría que “caer en desuso. [...] A mi parecer, la imprenta está amenazada de muerte por los diversos procedimientos de grabación del sonido inventados en estos últimos tiempos. El libro impreso está a punto de desaparecer”.
He ahí un primer atisbo de la muerte del papel a manos de nuevas tecnologías de captura de datos. La segunda gran crisis del libro fue en la década de 1990, con el nacimiento de Internet. Michel Melot desmenuza su contexto en su artículo “¿Y cómo va la «muerte del libro»? (Istor, itam, núm. 31):

En 1991, el primer lugar de consulta por Internet en una biblioteca pública se abrió en Helsinki. La Biblioteca Pública de Información (bpi) del Centro Pompidou abrió el suyo en 1995. Ese año, Fabrice Piault, jefe del servicio de informaciones de Livre Hebdo publicó: El libro, el final de un reinado. En 1996, Georges Steiner publicaba en Londres sus ensayos No Passion Spent traducidos al francés en 1997 con el título Passions impunies y las historias de la lectura florecían. Steiner ya había publicado en el Times Literary Suplement, en 1988, un artículo significativo titulado “The End of Bookishness”.
“El mal del libro es incurable, pero nunca lo mata”, concluye Melot ante las cíclicas amenazas a la supremacía del libro de papel. Christopher Domínguez Michael, destacado historiador y ensayista mexicano, cita al antropólogo francés Jean-Didier Urbain, quien conservó la calma y en su libro L’Archipel des morts escribe que “los libros también mueren. Les ocurre lo mismo que a los hombres. [...] Con el tiempo, se dice, los muertos son todos huérfanos”. De esta forma desmitifica al libro como custodio de la cultura. Al respecto, Domínguez Michael sentencia: “La eterna crisis del libro, crisis que si eterna no es crisis”.
Ningún formato garantiza el resguardo eterno del invaluable contenido de los libros. Los elementos que constituyen los lectores electrónicos, o eReaders, aún no prueban sus resistencia al paso del tiempo y nuestras referencias (las computadoras) resultan poco confiables a largo plazo.
Por lo tanto, lo más probable es que ambas plataformas (libro impreso y electrónico) convivan, una “coexistencia que no por fuerza será pacífica”, sugiere Michel Melot.

Los bibliotecarios ya no pueden considerar el libro como una unidad bibliográfica que la reseña encapsula. Resulta entonces el documento se define no por su forma material sino por la autoridad que se le confiere. ¿Quién confiere esta autoridad que hace de un objeto cualquiera un documento? ¿Cuáles son los criterios y los procedimientos de validez? Estas son las verdaderas preguntas que plantea la muerte del libro, no como objeto, sino como oráculo.
Según el historiador francés, los debates sobre la muerte del libro, así como los lamentos de “autores desposeídos de su autoridad y de su prestigio”, tienen un motivo ulterior “de prueba, de validación, sobre la temporalidad de las obras, el régimen mismo de la historia y quizás el abuso que de ella se hace para legitimar poderes usurpados, ratificar falsos consensos, olvidar la vida”.
Tomás Granados Salinas, cuentista y director de Libros de México, revista de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), es más específico en cuanto al libro electrónico en su artículo “Kindle, más crudo que cocido” (Letras Libres, mayo 2009):

Kindle es un verbo inglés que, hasta hace un par de años, significaba tan sólo “encender” [...] o “despertar”, [...] pero pronto, gracias a la plasticidad léxica —entre envidiable y aterradora— de esa lengua, se usará para describir el tránsito de un libro, un periódico o una revista desde el plasma virtual de Internet hasta un blanco aparatito, apenas menor que un volumen media carta, cuyo peso no llega a los trescientos gramos y cuya memoria ronda los ciento ochenta megabytes, con el cual se pueden comprar, descargar, leer, escuchar y anotar libros.
Claro que el “blanco aparatito” no es una panacea universal. Es ante todo un negocio, como bien señala Granados: “Es un punto de venta individualizado. [...] Crea u ocupa cada vez más espacios en ese entorno: impide (mediante la supresión del botón de compra) la circulación de obras producidas por proveedores indóciles. [...] Obliga a los autores que editan sus propias obras a usar su servicio de impresión bajo demanda, quiere imponer el formato Mobipocket como el estándar para los libros electrónicos descargables a celulares, controla desde hace medio año la extraordinaria red AbeBooks (que aglutina a cerca de 14 mil libreros de segunda mano en todo el mundo, con una oferta que supera los 110 millones de títulos), vende por debajo del costo cuando quiere exprimir a la competencia (por lo que no ganó un solo dólar tras el lanzamiento de la última parte de Harry Potter, a pesar de haber vendido más de 1,6 millones de ejemplares antes de que la obra estuviera disponible)”.

Amazon, dice, es ejemplo de la grandilocuencia del poder tecnológico asentado sobre profundos cimientos económicos. A pesar de lo anterior —defecto intrínseco de cualquier producto de consumo—, Kindle es, a diferencia de las tablets, un dispositivo de lectura con pantalla no brillosa, diseñada para funcionar como el papel gracias a la famosa tinta electrónica, en palabras de Granados: “Una tecnología que tal vez llegue a ser revolucionaria pero que todavía está en pañales [...], compone al vuelo la tipografía de cada página, produciendo dos desagradables consecuencias: por un lado, un veloz pero notorio “parpadeo”, durante el cual toda la pantalla se ennegrece, y, por otro, la aniquilación artera del diseño editorial, pues la elección de las fuentes, la determinación del ancho de columna y el sutilísimo arte de la justificación y el sangrado de los párrafos recaen en un algoritmo que acaso es un prodigio de eficiencia —basta que el usuario opte por un “puntaje” para que todo el libro se reacomode en un santiamén— pero al que nadie enseñó por qué Gutenberg tuvo que tallar casi trescientos caracteres para un solo alfabeto, qué función cumple la interlínea o cómo se acoplan pares de letras como la “A” y la “V” mayúsculas para no producir huecos blancos entre ellas”.
Y sí, los más conservadores apreciamos una caja de texto bien compacta, sin esas líneas abiertas en donde claramente se ve que podría caber otra palabra, para que la de abajo no esté tan “apretada”. En fin, minucias del diseño editorial por las que los profesionales de esta materia cobran. Los archivos específicos del Kindle (.epud, .mobi, .azw, .txt, .prc, .html o .doc) deshacen el trabajo del diseñador con la misma velocidad con la que muestran la “página” en la pantalla.
Ramón González Férriz, responsable de la edición española de Letras Libres, compara en “40 días con un Kindle” (Letras Libres, febrero 2011) este cambio tecnológico con otros, ahora muy cotidianos, como la luz, la refrigeración o calefacción: “Nos hemos olvidado de que son [...] la combinación de una serie de procesos —algunos altamente especializados, otros de bajo valor— que tienen lugar entre el escritor [proveedor del servicio] y el lector [consumidor]”. No existe un cambio radical entre los aparatos para leer y los libros: “Es nada más y nada menos que leer un libro. En la cama con una lámpara, en la calle con el sol, en el tren con fluorescentes”. Además, en el proceso de compra en Amazon, se paga a “sus autores, sus editores, sus correctores y su librero”. Sin embargo, aclara, existen sitios como Project Gutenberg, en donde, según González Férriz: “No he pagado a nadie. Probablemente, de no tener el Kindle, los habría comprado en algún momento en alguna de las muchas ediciones baratas que hay de ellos”. Y continúa: “Pensé en Galdós durante la comida de Navidad, y a media tarde pude descargarme La de Bringas y terminarla de madrugada. Y al mismo tiempo: nunca compraré por siete u ocho euros el tomito de lomo rosado de Alianza en la librería La Central, y haber socavado la viabilidad económica de dos instituciones como Alianza y La Central —a las que debo medio cerebro— me entristece mucho. Voy a seguir haciéndolo”.

Domínguez Michael, al hablar específicamente del artilugio para leer, dice que todos los argumentos empleados en contra de los nuevos medios de comunicación, ya se han utilizado en el pasado: “Retroceso del espíritu crítico, gregarización y mercantilización de los lectores. [...] Ninguna época monopoliza todas las desgracias y bien haríamos en agradecer las titánicas virtudes civilizatorias de la digitalización”.
Y es que nunca habían existido tantos lectores activos alrededor del mundo, jamás se habían editado tantos buenos libros en tan distintas lenguas. Por esta misma razón, “el consumidor de libros ya no acepta tan fácilmente esos libros malhechos, que se desencuadernaban, brutalmente pegados, sin coser y cuyas páginas amarrilleaban en un santiamén”.
Guillermo Sheridan —quien recibió en octubre pasado el homenaje nacional de periodismo cultural Fernando Benítez en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011— explica con su jocosa sencillez las maravillas del Kindle en “Mi Kindle y yo” (Letras Libres, abril 2011): “Bueno, un libro-e (eBook) se lee gracias a la tinta-e (e-ink) que inventaron unos alquimistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit). La tinta-e consiste en un montonal de bolsitas llenas de titanio (prima materia) que flotan en el infierno (gel) esperando que llegue Shakespeare. Las bolsitas estas “encarnan” o “reencarnan” según sea que Shakespeare les aviente un protón positivo o uno negativo. Si el protón es positivo, las bol- sitas de titanio se alborotan, se ponen blancas (albedo) y suben a la superficie del cielo, que es la pantalla; si el protón es negativo, se ponen negras (nigredo) y se caen al suelo del infierno. Cuando Shakespeare quiere que aparezca, por ejemplo, la letra equis, las bolsitas de titanio negro se ponen de acuerdo y hacen una equis, mientras que las blancas hacen una como camita para que se acueste la equis negra y ponerse a coger (mysterium coniunctionis). De este modo, cada letra forma palabras que forman frases y, de pronto, en la pantalla se lee un verso orgásmico de Shakespeare: “Titania duerme parte de la noche.” Este ayuntamiento entre Titania y las bolsitas de titanio es lo que se llama “encarnación” (unio mystica)”.

Aunque por lo general los autores se acercan con desconfianza al Kindle, terminan aceptando sus ventajas, su conveniencia como tecnología que convive con los libros tradicionales: “Me sentí obligado a verlo [...] como un artilugio maldito diseñado por la secta de los Illuminati para acabar con los libros, esos benefactores de la humanidad, y lo encendí con aspavientos de asco para dejar constancia de mi lealtad al papel”. Finalmente la reacción raya en apología: “Es muy agradable el tal Kindle. Su pantalla no genera luz. Recuerda dónde me quedé en cada lectura. Si coloco un cursor ante una palabra, la define instantáneamente, en todas sus acepciones y con su etimología. Si Nietzsche menciona el gai saber, Kindle va a la Internet y llena la pantalla de teorías provenzales. Si estoy leyendo la novela de Novalis y se me olvidó quién es Hans Studebaker, Kindle pone en la pantalla todas sus apariciones en el texto. Si quiero subrayar algo o apuntar un comentario, Kindle lo hace. Es muy cómodo y se lee a gusto en la cama, en el regazo y en todo lugar. [...] El paraíso —qué remedio— ahora pesa 500 gramos”.
Martín Caparrós, recientemente galardonado con el Premio Herralde por su novela Los living, repara en un aspecto que me parece importante en su artículo “El regreso de Robin Hood” (Letras Libres, diciembre 2011). Un Kindle no es un gadget fanfarrón y multifuncional: “Un Kindle es, antes que nada, un objeto humilde, hecho para un solo propósito. En épocas en que la heladera se quiere transformar en tele, el teléfono en cámara de fotos, la laptop en el mundo, un Kindle es monómano, obcecado. Un Kindle no tiene luz propia como las chicas irresistibles, no canta ni baila como las resistibles, no te ofrece juegos, orientaciones, sabiduría inagotable como todas: sólo sirve para leer textos. Un Kindle es un libro”.

Esto puede resultar alentador para quien sólo quiere tener archivos de texto y leerlos en ese dispositivo; sin embargo, resulta decepcionante para el que busca otras funciones multimedia.
El Kindle no es siquiera el futuro: es el presente rabioso del libro —y eso significa algo—. Si me quedaba alguna duda, el chico terminó con ella. El chico vendía chocolatines en el tren, y yo leía mi Kindle junto a la ventanilla. El chico —la cara sucia, un par de dientes menos, el pelo un remolino— lo miró con olas de deseo:
–Qué bueno, jefe, una computadora.
–No, es un libro.
–Ah, un libro.
Dijo, y toda la decepción del mundo le opacó la mirada. Ser libro, en estos días, es un reto —que un Kindle acepta con cierta donosura.





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